Parece increíble. Todavía lo es. Como aquella definición hace un año: el derrape de Moriatis y la cabeza gacha de Pechito López. Otra vez, el autódromo de los hermanos Gálvez, explotó. Una fiesta completa. Una celebración federal que cerró la temporada de la categoría madre de todas. El Turismo Carretera fue, es y será, una marca Argentina. Algo distinto a todo. Un acontecimiento que excede al automovilismo y los amantes de los fierros de pura sangre. Porque va más allá de ser de Ford, Chevrolet, Dodge o Torino. Un sentimiento único, inexplicable, según pronuncian los mismos que han recorrido las rutas del país para ver a los coches pelear una posición. Por eso, el TC tiene su propio reinado en el deporte nacional. Y a partir de ahora, también tiene a su nuevo príncipe. El más joven de todos los tiempos.

Llegaba obligado. Él lo sabía. Como Mariano Werner, candidatos en la previa por ser los primeros en Copa de Oro después de las cuatro carreras previas. Uno del óvalo y nacido en Ente Ríos. El otro, de chivo y Arrecifes, cuna de ganadores. Ahí estaba el Canapino chico. Con gesto adusto después del toque con Aventín en los entrenamientos del viernes. Sabía que tenía un auto campeón, pero debía mostrarlo en la pista. Ya en la madrugada del sábado, rezó antes de apoyar la cabeza en la almohada. ¿Qué pidió? Ayuda celestial. O sea, una clasificación sin lluvia. Y el de arriba, pareció haberlo escuchado.
Con esa manito divina, hizo su trabajo. El que más le gusta hacer. Con el que nació y creció desde la cuna. Porque se crió en el medio de ese auto violeta, de un tal Juan María Traverso. Se crió con un papá que no quería tener un hijo piloto, pero que luego de ponerlo varias veces a prueba no le quedó otra que rendirse ante él. Nunca se rindió y siempre fue por ese sueño fantástico de consagrarse como un grande con el volante en sus manos.
La hora había llegado. Lo que tantas veces consiguió frente a la PC en los simuladores, lo que obtuvo en la Copa Megane y en 2008 en el TC Pista, no valía. Iba por el título grande, ese que muchos gigantes se quedaron con ganas de tener. Para ello, debía ganar. Prácticamente, no le quedaba otra. Ya en la serie, mostró todo su potencial. Enfocado en su objetivo, condujo la chevy a la batería más rápida y así, tener la ubicación de privilegio en la última final del año. A su lado, un amigo de la vida, alguien que lo vio crecer y su ídolo personal: Fontana. Como era de imaginar, Norberto no le puso demasiada resistencia a Agustín. Se fue para delante, hasta que perdió a su guardaespaldas en la tercera vuelta. Werner superó al Torino y la carrera creció en lo emotivo. Todas, las más de 60.000 almas que abarrotaron el circuito, se paralizaron. Se venía un mano a mano entre dos pilotos de excelencia. Ambos, todavía sin ganar en la temporada. Los dos obligados. A todo o nada por ser el campeón del TC.
Canapino no fallaba. En cada vuelta, la diferencia se mantenía o aumentaba a favor del arrecifeño. Hasta que la final tuvo otro cambio de escena: tocando bocina desde el 3º puesto, apareció el compañero de equipo del entrerriano. Claro, otro nacido en la misma ciudad. Ni más ni menos que el Gurí Martínez. Lo pasó raudo a Werner en busca de cazar a Agustín, pero no pudo. Canapino, con la sangre helada, dio muestras de su enorme capacidad conductiva y se mantuvo con el tesoro entre sus manos. Nadie le iba a quitar el reinado de la máxima.

La bandera a cuadros cayó. Alberto, su viejo y preparador de ese Chevrolet imbatible, se emocionó hasta las lágrimas. Su Agustín, al cual se la hizo difícil, le demostró de que está hecho. Una clase que unos pocos al logrado. Solamente 20 años y campeón, el más joven en 73 años de historia. Valga ese abrazo, eterno como su marca para las páginas de un nuevo capítulo en el Turismo Carretera. Uno que podría llevar el título de Canapino, Príncipe del TC 2010.